La reencarnación de José María Gálvez. Apostillas sobre un artículo de Emilio Ichikawa
Mayo 22, 2009 por Lagarde
Por Enrique Ubieta Gómez
¿Hay que tomarse en serio a los aspirantes a “nuevos ideólogos” de la contrarrevolución cubana? Acabo de leer sin sorpresa un artículo de Emilio Ichikawa –hace tiempo que nada de lo que escribe me sorprende–, publicado el pasado 27 de abril en El Nuevo Herald, porque un amigo lo guardó como referencia de la depauperación intelectual que había sufrido en Miami. Ningún momento mejor para comentarlo, frescos todavía los fuegos fatuos que cada año dedican en esa ciudad a la celebración del 20 de mayo. El artículo sostiene que la Enmienda Platt fue injustamente satanizada por el nacionalismo cubano, lo que pareciera más bien una boutade, un mal chiste, o quizás, en el peor de los casos, una forma infantil de llamar la atención. Pero no es un texto ingenuo. Prefiero que el lector aprecie directamente este párrafo (no puedo proponer el vínculo porque fue retirado de Internet): “¿Qué significaba en fin de cuentas aquel apéndice, a la larga satanizado por el nacionalismo cubano hasta hoy mismo en todas sus orillas, más allá incluso del diferendo castrismo-anticastrismo? Pues una regla de contención a los excesos y descarríos de un pueblo que, precisamente por iniciarse en las artes del gobierno propio a principios del siglo XX, no había mostrado aún que tuviera capacidad para lograrlo. ¿Acaso las dudas de los Estados Unidos y la diplomacia internacional no estaban justificadas?”
Ichikawa reproduce, casi literalmente, a ciento siete años del suceso que analiza, la mirada clasista de los autonomistas y de los anexionistas cubanos de entonces. Y esta coincidencia –la suya y la de otros “distinguidos” intelectuales orgánicos del imperialismo–, es la que me propongo en realidad analizar en este y en otros artículos que iré publicando en este blog. En el 2001 pude revisar personalmente el rico archivo del anexionista decimonónico cubano José Ignacio Rodríguez, que guarda la Biblioteca del Congreso en Washington, y fotocopiar la colección de cartas que recibiera de José María Gálvez, entonces presidente del Partido Liberal Autonomista de Cuba, durante la primera ocupación norteamericana. Gálvez, hasta ese momento defensor acérrimo de la “españolidad” de la isla de Cuba, se trasmuta rápidamente en partidario de la anexión a Estados Unidos. ¿Por qué? En una carta fechada el 21 de agosto de 1899 habla de “las dos únicas soluciones definitivas posibles [para Cuba], que son la independencia absoluta y la anexión” y agrega: “(…) Aquella sería la mayor de las calamidades que pudieran venir sobre el país, que ya ha soportado tantas. Prescindiendo de la división en razas hostiles y de la inmoralidad que sembró profusamente la administración española, no es para olvidarlo este dato elocuentísimo: más del 80 % de la población de Cuba vive sumida en la más crasa ignorancia; y ¡fórmese con esto una república libre é independiente!” Ichikawa coincide con Gálvez y con Rodríguez en la validez del argumento sobre la incapacidad del pueblo cubano para gobernarse a sí mismo. En otra carta (3 de septiembre de 1899), el presidente del Partido autonomista sostiene con desprecio que “la Absoluta” (la independencia absoluta), es “fomentada por los ‘patrioteros’ y acariciada por la turba mulata”. Y agrega, para disipar dudas sobre los supuestos móviles patrióticos de su conducta: “Creo haberte dicho antes y repito ahora que suspiran por la anexión todos los que tienen algo que perder, los que aspiran á adquirir, y la masa general de españoles”.
Como ya dije que volveré sobre este tema en otros artículos, quiero ahora retomar algunas aristas del “pensamiento” de Ichikawa. En el primer libro –admito que alguna vez dije librillo, y el diminutivo lo indignó–, que publicara recién llegado a Miami (con prólogo de Montaner) y el sello del Center for Free Cuba, este ex profesor de la Universidad de La Habana se mostraba –era la época en la que todavía esas cosas me sorprendían–, como un aristócrata que despreciaba a las masas: “La masa –decía, en singular– puede ser ‘justiciera’ pero no ‘justa’, es monovalente y puede lo mismo glorificar que asesinar. (…) La masa es un vértigo, un manojo de equívocos” (p. 138). Y añadía más adelante: “Diez mil, medio o un millón de personas conforman una sola masa; una voz, un voto. Por tal razón en una hipotética consulta donde una multitud millonaria o ‘masa’ diga ’sí’, y otros dos sujetos ‘A’ y ‘B’ digan ‘no’, habría ganado la alternativa negativa por dos votos contra uno” (p. 138).
Pero lo más curioso era descubrir su indignación ante la supuesta “nueva aristocracia” que, según él, gobierna a Cuba, culpable sobre todo de su origen humilde, “’una aristocracia ‘de verde olivo’ –escribía– sin ‘pedigree’”, que “es atea, prefiere la pelota al golf, los chicharrones al caviar” (p. 88). Y enseguida aventuraba una tesis que, probablemente, le susurró al oído su mentor Montaner: “A veces pienso que, si de cualquier manera una sociedad va a tener su cúspide aristocrática, entonces es preferible que sea de verdad. No es lo mismo, digo yo, inclinarse ante una reina, que tener que celebrar los malos chistes de un miliciano con suerte. Va y hasta esa aristocracia juega un papel político importante, como el Rey en la transición española; o sirve de estímulo al turismo, como pasa con el resto de las monarquías europeas” (p. 89). Conste que, a pesar de su tono irónico, no era una broma. Ichikawa insistía en su libro(illo) una y otra vez, en la restauración de la antigua aristocracia, aquella “que emergió en una república con raíces en la colonia y que (…) se mudó del panorama público cubano con sangre, dinero, modales, arte y todo lo demás” (p. 88). Pero, ¿quiénes son esos legítimos aristócratas? ¿acaso esos negociantes corruptos que viven del anticastrismo, con un rostro para la política palaciega y otro para el financiamiento de atentados terroristas? El Conde Montaner debió de sentirse satisfecho. Parafraseando a Gálvez, Ichikawa podría decir: conmigo están de acuerdo todos los que perdieron algo, los que aspiran a adquirir y la masa general de norteamericanos.
Su artículo –el que cité en las primeras líneas de este texto–, no merecería comentario si solo fuese la expresión de una opinión histórica desafortunada, pero resulta que su título señala otras intenciones: “Obama y Cuba”, es como se anuncia. Y de los hechos históricos pasa abruptamente al presente: “El nacionalismo cubano se salió con la suya y aún hoy se sigue llamando ‘plattista’ a quienes buscan racionalizar las relaciones de Cuba con unos Estados Unidos que, en efecto, dada la cercanía geográfica e histórica, constituyen una suerte de vecindad destinal que los cubanos tendremos que considerar, ya sea por realistas, ya sea por indigentes”. ¿A qué se refiere Ichikawa cuando habla de “racionalizar” las relaciones entre los dos países?, ¿por qué nos advierte de un “destino” (¿manifiesto?) al que llegaremos, ya sea por “realismo” o por “indigencia”, es decir, por estrangulación económica?, ¿por qué inicia su reflexión sobre las relaciones de Cuba con Obama –y no de Obama con Cuba–, precisamente con la defensa de la Enmienda Platt? Dejo la respuesta de estas preguntas a mis lectores.
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